Bendita y maldita publicidad.

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“Se buscan anunciantes. Aceptamos cualquier sugerencia sin importar formato, contenido o duración. Negociable”.

Esta suerte de anuncio por palabras bien podría ser la voz del departamento de publicidad de cualquier medio. En este contexto basado en aprovechar las oportunidades y discurriendo por un camino paralelo están los profesionales publicitarios, insaciables buscadores de formatos que reciben con los brazos abiertos cualquier resquicio para nuevos espacios comerciales disponibles en los medios de comunicación.

El problema surge cuando esas oportunidades contravienen las leyes propias del medio y del género fagocitando todo aquello que encuentran a su paso. Y en este tipo de prácticas, la televisión se ha convertido en un verdadero trendsetter. Uno de sus últimos movimientos son las inserciones en informativos televisivos, una práctica antagónica por definición y siempre hilarante en su expresión. Lo que comenzó con sucintos patrocinios en forma de livianas cabeceras ha ganado terreno hasta erigirse como el auténtico macho alfa de las escaletas.

Es tal su magnetismo, que en la actualidad el componente informativo es inversamente proporcional a la cuota de pantalla de publireportajes, menciones, alusiones y actings de dudosa efectividad que invaden el prime time de los informativos a lo largo y ancho de las parrillas televisivas nacionales. La osadía y la voracidad de ambas partes, que bien podría haber personificado el mismísimo Charles Foster Kane, se han conjugado para contribuir a una flagrante falta de identidad en la convivencia natural de la publicidad en los medios de comunicación.

Resulta frívolo ver como presentadores de informativos, en otro tiempo adalides de la información, se transforman en actores para asumir un papel que poco tiene que ver con su ADN y para el que, dicho sea de paso, no están en absoluto capacitados. El intrusismo que durante muchos años denunció la profesión parece que con el paso del tiempo ha mutado. El comunicador ya no está en peligro de extinción porque se ha redefinido como un depredador de mensajes, y en paralelo el publicitario alimenta ese hambre desmedida víctima de una frenética dinámica que le ha hecho perder su personalidad.

Medios, soportes, anunciantes, creadores, marcas, planificadores y hasta el último de los profesionales implicados deberíamos sopesar si unos GRP’s justifican la pérdida absoluta de integridad. Integridad en lo que se quiere comunicar, integridad de cómo se comunica, integridad de dónde se comunica, integridad de quién lo comunica, e incluso, integridad de quien lo percibe.

por Sergio Soria

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